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Cuando el conocimiento deja de marcar la diferencia

Por Manuel García Luna, CEO y Founder de Pairfect, team building personalizado que no se queda en pasar el rato.

Si llevas más de cinco minutos en LinkedIn o en cualquier medio de comunicación del sector profesional, probablemente hayas leído ya varias publicaciones sobre IA (Inteligencia Artificial), en las que se habla desde el miedo y la incertidumbre sobre cómo va a destruir puestos de trabajo y lo fuera del mercado que se van a quedar todas aquellas personas que no la utilicen.

Está claro que esto ya ha pasado a ser un hecho, y no la opinión de nadie. La IA ya está transformando la forma en la que trabajamos, ayudándonos a analizar información, redactar documentos, automatizar tareas o generar ideas a una velocidad que hace apenas unos años parecía ciencia ficción (o, como diría mi abuela, “ciencia y afición”).

Sin embargo, en lugar de volver a proyectar un enfoque tan alarmante y derrotista, me gustaría cambiar de perspectiva y hablar sobre este fenómeno desde la paradoja, porque todo el mundo está mirando hacia las cosas en las que la IA nos va a reemplazar, pero muy poca gente lo está haciendo hacia aquello en lo que la IA no nos puede sustituir.

Durante décadas, las organizaciones han competido principalmente a través del conocimiento. Tener acceso a más información o más especialización suponía una ventaja clara frente a la competencia.

Hoy, buena parte de ese conocimiento se está democratizando a un ritmo vertiginoso, lo que nos obliga a cuestionarnos dónde va a estar la verdadera ventaja competitiva si todos tenemos acceso a herramientas similares y a una cantidad prácticamente ilimitada de conocimiento.

La respuesta, en mi opinión, está en las relaciones humanas. Y no, no me refiero a una visión romántica del trabajo ni a abrazarnos en círculo antes de empezar una reunión; me refiero a algo mucho más práctico, y es que las organizaciones funcionan gracias a la capacidad de las personas para procesar y aplicar cooperativamente ese conocimiento.

Dos empresas pueden disponer de la misma tecnología, acceder a la misma información e incluso contratar perfiles con competencias muy similares, y aun así obtener resultados completamente distintos.

¿Por qué? Porque lo que verdaderamente marca la diferencia suele estar en la calidad de las relaciones establecidas entre las personas que forman los equipos de trabajo de las organizaciones.

Piénsalo. Existe una tendencia a considerar la confianza, la colaboración o el sentido de pertenencia como elementos deseables que puntualmente mejoran el clima laboral, pero no como la herramienta estratégica que suponen en cuanto a mejora del rendimiento, el bienestar y los resultados tanto a nivel profesional como a nivel personal.

La confianza no es simplemente una consecuencia agradable del trabajo bien hecho. Es lo que permite que la información fluya, lo que acelera la toma de decisiones, lo que facilita la cooperación entre departamentos y lo que hace posible que un grupo de personas funcione realmente como un equipo.

Y aquí es donde aparece esta gran paradoja de la que venimos hablando, y es que cuanto más accesible se vuelve el conocimiento por avance de la IA (Inteligencia Artificial), más diferencial se vuelve la IE (Inteligencia Emocional) a través de la cual las personas se gestionan a sí mismas y gestionan las relaciones con sus compañeros.

Llegados a este punto, no puedo evitar acordarme de esa canción de la brasileña Xuxa que probablemente muchos recordarán de la infancia:

«Ia, ia, ie… oh, oh, oh».

Durante todo este tiempo ha sido simplemente una canción pegadiza, pero hoy podría resumir perfectamente uno de los debates más interesantes del mundo profesional.

Mientras todos hablamos de IA, quizá no estamos prestando a la IE toda la atención que deberíamos. Y ese «oh, oh, oh» admite dos interpretaciones: puede ser un grito de fascinación y celebración por todo lo que la IA nos permite conseguir; o puede ser el indicativo de que estamos olvidando algo importante por el camino.

Y al contrario que la mayoría de artículos similares, insisto en que no porque la IA sea un problema. La IA seguirá transformando organizaciones, mercados y profesiones a una velocidad extraordinaria. Pero precisamente por eso, las capacidades humanas ganarán relevancia.

La IA puede generar información, analizar datos, automatizar tareas e incluso ayudarnos a tomar mejores decisiones, pero sigue sin poder construir confianza entre dos personas, resolver un conflicto entre compañeros, generar compromiso, tener la capacidad de crear una cultura organizativa donde la gente quiera aportar lo mejor de sí misma, ni, sobre todo, sustituir la experiencia profundamente humana de colaborar con otros para construir algo que ninguno podría lograr por separado.

Cuanto más se democratiza el conocimiento, más estratégica se vuelve la Inteligencia Emocional, así que quizá ha llegado el momento de abandonar el lamento permanente sobre todo lo que la IA nos quitará y empezar a preguntarnos qué nos obliga a desarrollar.

Yo estoy convencido de que los próximos tiempos estarán liderados por las organizaciones que, además de ser capaces de sacar el máximo rendimiento de estas nuevas tecnologías, sepan combinar eso con ese potencial que tenemos las personas y que ninguna IA puede replicar.

¿Y tú?

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