La ansiedad anticipatoria por la vuelta al trabajo yaarruina las vacaciones en pleno mes de agosto.

● Joaquín Mateu, profesor del Grado en Psicología de la Universidad Internacional de Valencia (VIU), advierte de que el cerebro tiene dificultades para procesar simultáneamente el placer del descanso y la amenaza del regreso laboral, lo que provoca un «secuestro del presente».
● El experto señala que la sintomatología clínica en vacaciones suele ser una respuesta adaptativa ante entornos laborales que imponen ritmos irrazonables, una situación agravada por la mercantilización comercial del final del verano.
● Frente al positivismo tóxico y la evitación, el especialista propone aceptar la incertidumbre y anclarse al presente como mecanismos para evitar que la tiranía de la productividad arruine los días de desconexión.
Tradicionalmente, el síndrome postvacacional aparecía el primer día de reincorporación a la oficina al encender el ordenador. Sin embargo, en la actualidad, el sufrimiento psicológico se ha adelantado semanas. Ante este escenario, la Universidad Internacional de Valencia, perteneciente a la red Planeta Formación y Universidades, analiza el fenómeno de la «ansiedad anticipatoria» a través del diagnóstico de Joaquín Mateu, profesor del Grado en Psicología y director del Máster en Gerontología y Atención Centrada en la Persona. El investigador advierte de que la ansiedad se asocia a la anticipación del futuro en términos catastróficos, provocando que este síndrome arranque cuando aún estamos en pleno verano.
El secuestro del presente y la hipervigilancia silenciosa
El mayor impacto de esta ansiedad anticipatoria es la incapacidad de vivir las vacaciones de forma plena. Según advierte el experto, el cerebro encuentra barreras al intentar procesar simultáneamente el placer de los días de esparcimiento y la amenaza de la vuelta al trabajo en condiciones desfavorables. Mateu define este fenómeno como un «secuestro del presente», comparándolo con la experiencia de habitar una casa con vistas hermosas pero pasar el día sufriendo por el miedo a que construyan un muro enfrente. «Nos hace olvidar lo bello del mundo para anticipar su decrepitud y su desaparición», explica.
Esta situación deriva en un estado de «hipervigilancia silenciosa», donde la desconexión es frágil y se desvanece fácilmente ante cualquier estímulo inesperado, como una notificación informal de trabajo. Este estado impide soltar el lastre por completo, manteniendo activa la respuesta de estrés y sumando, además, sentimientos de culpa por no estar disfrutando. El fenómeno afecta especialmente a personas que dedican mucho tiempo a trabajar y carecen de fuentes de satisfacción alternativas, generando una inercia de pensamiento que «no se toma vacaciones».
La mercantilización del futuro y la alienación laboral
El adelanto del estrés no solo responde a mecanismos internos, sino que cuenta con claros disparadores sociales. Expresiones cotidianas como «ya huele a septiembre» o el lanzamiento prematuro de campañas comerciales responden a una mercantilización del futuro. Para el docente de VIU, esta aceleración de ritmos obedece a intereses económicos que compiten por adelantar el calendario y choca con los derechos de los ciudadanos a vivir con plenitud los días de desconexión, convirtiendo el verano en un breve paréntesis frente a la tiranía del apremio.
Cuando este miedo trasciende la melancolía y se convierte en sintomatología clínica real, como taquicardias, problemas estomacales o trastornos del sueño, no necesariamente implica un problema de salud mental. Mateu aclara que suele ser «una respuesta adaptativa ante una situación laboral que impone volúmenes o ritmos que no son razonables» o que
peca de excesiva burocracia. El experto critica que nuestra sociedad siga admirando «el autoabandono y el sacrificio como cualidades deseables para el trabajador», lo que invisibiliza prácticas empresariales que rozan la explotación y propician la alienación laboral.
Anclaje al presente frente al optimismo irreal
Frente al boicot mental de las vacaciones, el abordaje psicológico descarta técnicas contraproducentes como la evitación deliberada (luchar por no pensar en el trabajo) o el optimismo irreal (imponerse artificialmente que todo estará bien). La solución pasa por aceptar la incertidumbre como una parte más de la vida.
El experto aconseja tratar los pensamientos invasivos sobre la oficina durante el verano como «imágenes pasajeras en las que no deberíamos reparar más allá de lo estrictamente necesario». Reconocer su fugacidad evita que la culpa y el estrés nos abrumen,
permitiéndonos centrar la atención en las experiencias inmediatas para no acabar «fichando desde la tumbona». Como concluye el investigador, los futuros profesionales de la psicología deberán tratar este estrés estival no sólo como un trastorno adaptativo, sino
como el síntoma de una sociedad macrosocial que necesita respuestas más allá del individuo.



