Opinión

MÁS DE LA MITAD DE LOS ESPAÑOLES TIENE COMO OBJETIVO PERDER PESO.

      El peso se ha convertido en el principal termómetro del bienestar, condicionando la forma en que muchas personas se relacionan con la alimentación y su propio cuerpo.

·       Los trastornos de la conducta alimentaria ya son una prioridad en salud mental, con efectos sobre el metabolismo, el sistema cardiovascular y el equilibrio emocional.

·       Cigna Healthcare alerta de señales de riesgo cada vez más normalizadas, como la obsesión por la comida, el uso recurrente de dietas restrictivas o el impacto del control del peso en la vida social y emocional.

Después de periodos como las fiestas navideñas, en los que los hábitos alimentarios y de actividad física suelen relajarse, es habitual que muchas personas se planteen como objetivo para el 2026 perder peso, “ponerse en forma” o introducir cambios rápidos en su alimentación para conseguir verse y sentirse mejor. Estas decisiones, que se repiten cada año, forman parte de un contexto cada vez más normalizado en el que el peso y la imagen corporal ocupan un lugar central cuando se habla de salud, autocuidado y bienestar.

Esta preocupación ha calado de tal forma en la conversación social que más de la mitad de la población en España reconoce que perder peso forma parte de sus prioridades, tal y como reflejan los datos del International Health Study de Cigna Healthcare, una cifra que evidencia hasta qué punto el control del peso se ha integrado en la manera de interpretar la salud. Sin embargo, esta normalización no debería banalizarse, ya que, tal y como advierte el Ministerio de Sanidad, lo que en un inicio puede plantearse como algo cotidiano, como intercambiar consejos sobre dietas, restringir determinados alimentos o seguir pautas alimentarias sin respaldo profesional, puede acabar derivando en desequilibrios nutricionales y tener consecuencias relevantes sobre la salud física, el bienestar psicológico y la vida social.

En este escenario, los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) emergen como una realidad que preocupa cada vez más al ámbito sanitario. La Organización Mundial de la Salud los sitúa entre las prioridades de salud mental, especialmente en niños y adolescentes, y estima que alrededor del 5% de la población mundial presenta algún TCA, aunque muchos casos no llegan a detectarse. Una realidad que refuerza la importancia de la prevención y la detección temprana, ya que determinadas conductas, como la obsesión por el control del peso o el recuento constante de calorías, pueden actuar como factores de riesgo en algunas personas, aunque no siempre desemboquen en un trastorno diagnosticado.

Tal y como explica Daniela Silva, especialista en Medicina Interna y E-Health Medical Manager de Cigna Healthcare España, “los trastornos de la conducta alimentaria no afectan solo a la relación con la comida, sino que pueden tener otra serie de implicaciones en el organismo. . Los efectos de un TCA dependerán del tipo de trastorno y de la duración del mismo, pero en líneas generales se observan efectos en la regulación hormonal, el metabolismo energético y la masa muscular, provocando fatiga persistente, alteraciones del descanso y cambios en el apetito entre otros. A largo plazo, estos desequilibrios pueden generar déficits nutricionales severos, tener impacto en el sistema cardiovascular y aumentar el riesgo múltiples patologías  que pueden complicarse si no se detectan y abordan a tiempo”.

Frente a este escenario, los expertos de Cigna Healthcare advierte de señales tempranas que pueden indicar el inicio de un TCA con el objetivo de favorecer su prevención y detección temprana:

  • El control de la comida empieza a dominar el día a día. Cuando la alimentación ocupa gran parte del pensamiento diario, con una vigilancia constante de lo que se come, cómo se come o cuánto se come, pueden aparecer ansiedad, irritabilidad y una sensación persistente de cansancio mental. Esta hiperfocalización puede alterar el descanso, dificultar la concentración y favorecer una relación cada vez más difícil con la comida.
  • El cuerpo empieza a enviar señales físicas de desgaste. Fatiga persistente, debilidad muscular, sensación de frío, sequedad bucal, mareos o alteraciones del sueño pueden ser indicios de un desequilibrio nutricional. Desde el punto de vista metabólico, estas señales reflejan que el organismo no está recibiendo la energía o los nutrientes que necesita para funcionar con normalidad.
  • Cambios emocionales y de comportamiento difíciles de explicar. Apatía, tristeza, irritabilidad, cambios bruscos de humor o una tendencia a mentir u ocultar conductas relacionadas con la comida pueden indicar que la relación con la alimentación está generando un malestar psicológico relevante. En algunos casos, estos cambios se acompañan de aislamiento social progresivo y pérdida de interés por actividades que antes resultaban gratificantes.
  • La vida social y personal empieza a verse afectada. Evitar comidas en compañía, reducir el contacto social, sentirse incómodo en situaciones relacionadas con la comida o priorizar el control del peso frente a planes personales o familiares son señales de alerta importantes. Cuando estos comportamientos se mantienen en el tiempo, pueden afectar de forma directa al bienestar emocional y a la calidad de vida.
  • Distorsión de la imagen corporal y obsesión por “corregir” el cuerpo. Cuando la percepción del propio cuerpo se vuelve cada vez más negativa, puede aparecer una insatisfacción constante con la imagen corporal que lleva no solo a controlar de forma estricta la alimentación, sino también a incrementar el ejercicio físico con el objetivo de “compensar” o modificar el cuerpo. Esta combinación de restricción alimentaria y sobreentrenamiento puede aumentar el riesgo de lesiones, fatiga crónica y alteraciones hormonales, además de reforzar una relación cada vez más exigente con el propio cuerpo.

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